martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 2.2


-No lo entiendo. ¡Si llevabas casi un año detrás de él! Consigues que salgáis y a la semana lo dejas. Lo siento mucho, pero creo que te estás equivocando.
Agaché la cabeza y me mordí la lengua. Yo estaba absolutamente segura de que quería a Jaime, y quería estar con él, pero no me estaba equivocando. No podía mentirle sobre algo tan importante si estábamos juntos. Maldije en silencio por no poder contar nada o, simplemente, por tener algo que ocultar.
Al ver mi cara, Julia me dio un fuerte abrazo e intentó animarme, con miedo de que volviera a llorar.
-No pasa nada. Ya sabes que hablo sin pensar. Si de verdad su amistad es más importante para ti que cualquier otra cosa, te apoyo, de verdad –al ver que aquello no me convencía, decidió que lo mejor era cambiar de tema-. Bueno, pero sigue en pie lo del viernes, ¿no?
-¿El qué?
Me miró con cara de decepción y me pregunté qué era aquello tan importante que se me había olvidado.
-Íbamos a quedar los cuatro… Bueno, supongo que ahora los tres.
-¿Quiénes?
-Marcos, tú y yo.
Se me pusieron los ojos como platos y, acto seguido, me empecé a reír. Julia se cruzó de brazos y frunció el ceño.
-Me lo prometiste.
Me puse seria y la miré fijamente. Era cierto, se lo había prometido, pero yo había contado con que Jaime iba a venir. Desde luego que ya no le iba a invitar, lo único que le faltaba era que le volviera a dar a esperanzas; por un tiempo, le daría espacio para que las cosas fueran volviendo a su sitio habitual. Pero, de todas maneras, el plan me resultaría  mucho más atractivo con él.
Suspiré y pensé en la conversación que poco antes había mantenido con Marcos. Quizá esta sería una buena ocasión para darle la oportunidad que pedía.
-Tienes razón –sonreí- ¿Cuál es el plan?

Ese viernes, una hora y media después de la salida del colegio, estábamos los tres sentados en el césped de un parque que habíamos encontrado frente a una universidad, al que habíamos ido a parar después de recorrer todo el centro de la ciudad.
-Seguidme, que sé dónde estamos –había asegurado Marcos.
Pero, tras cruzar varias calles que ninguno era capaz de reconocer, Julia y yo conseguimos que admitiera que se había perdido. Como compensación, decidió llevarnos a una heladería que resultó ser una de las mejores en las que había estado nunca.
Un rato después, ya sin los helados, estábamos en aquel jardín descubierto por casualidad, riéndonos sin parar. Y, a eso, básicamente, nos dedicamos toda la tarde: a recorrer todo Madrid, sentándonos en cualquiera lado cuando no podíamos más. Pero, sobre todo, por primera vez en una semana no me acordé en ningún momento de lo que me había pasado, ni del secuestro, ni de mi ruptura con Jaime, y logré pasármelo tan bien como no recordaba haber hecho en mucho tiempo.
Poco a poco, vimos cómo el sol se iba poniendo, hasta que la única iluminación fue la procedente de las farolas situadas a ambos lados de la calle.
Paseábamos lentamente bordeando un parque en el que había una exposición de arte. Decenas de monumentos de todos los colores y formas decoraban hasta el último rincón. Estaban presididos por un majestuoso mirador, al que se podía subir y contemplar desde allí las vistas.
Decidimos entrar y, al salir del ascensor en la última planta, un viento frío nos golpeó en la cara, haciéndonos temblar. Avanzamos hasta el borde y nos apoyamos en la barandilla, aprovechando aquellos minutos de paz para descansar después de la larga caminata.
El cielo estaba rasgado por los edificios, e iluminados por las luces del tráfico, que bullía incluso a aquellas horas. Las numerosas obras de arte parecían diminutas desde aquellas alturas.
Entonces, noté cómo, a mi lado, Marcos se subía a la primera barra de las tres que había en la barandilla.
-¿Qué haces? ¡Te vas a caer! –chillé cogiéndole del brazo y tirando, intentando que bajara.
-No te preocupes Belén –contestó sonriéndome-. No me va a pasar nada.
Se soltó de mi mano y se puso de pie sobre la parte superior, abriendo los brazos y cerrando los ojos mientras el viento lo despeinaba.
-¡Estás loco! –gritó Julia, mirándome preocupada.                  
Me subí yo también al primer escalón para intentar alcanzarle. Él se dio cuenta y se apartó, esquivándome. Pero, al moverse, resbaló y perdió el equilibrio.
Vimos espantadas cómo se precipitaba al vacío durante los tres pisos de altura que tenía el edificio, hasta oír el golpe sordo que indicaba que había llegado al suelo.
Me asomé, histérica, y lo vi tirado en el suelo, inmóvil. Me lancé hacia las escaleras, nada dispuesta a esperar que llegara el ascensor. Sentí a Julia detrás de mí, pero pronto la dejé atrás. No tuve cuidado en disimular mi velocidad sobrehumana, y en menos de cinco segundos salía al exterior. Miré a derecha y a izquierda, hasta que localicé a Marcos, y lo que vi me dejó sin respiración.
Se había incorporado y sentado en el suelo, dejando detrás de él un charco de sangre. En la frente tenía una enorme herida que poco a poco se hacía más pequeña, hasta que, de pronto, ya no estaba. Tenía agarrado el hombro derecho, el cual estaba fuera de su sitio, y, con una mueca de dolor tiró de él para colocarlo.
A continuación, se palpó la tripa y, con un movimiento extraño seguido de un chasquido espeluznante, reparó una costilla que debía de tener rota.
Y fue entonces cuando levantó la mirada y me vio frente a él, con la boca abierta, incapaz de creer lo que acababa de presenciar.
Justo en aquel momento llegó Julia jadeando, y pasó corriendo a mi lado para abalanzarse sobre Marcos. En cambio, en vez de contestar a ninguna de las preguntas que mi amiga le hacía y hacer caso de su preocupación, él continuó con sus ojos clavados en los míos, intentando descifrar mi expresión atónita, o de adivinar mi reacción.
Mientras tanto, mi mente trabajaba a una velocidad frenética, procesando todo lo que acababa de ver e intentando darle sentido.
Y, de pronto, un interruptor saltó dentro de mi cabeza encajando todas las piezas.
-¡Vamos, Belén! –dijo Julia- ¡Llama a una ambulancia!
La miré, aún incapaz de moverme, sin escucharla apenas y sin haber entendido siquiera lo que había dicho.
-No, no es necesario. Estoy bien –interrumpió Marcos, comenzando a ponerse en pie.
-¿Qué haces? –dije, reaccionando por fin- Quédate quieto, estás herido.
Hizo caso omiso y se levantó como si nada le hubiera pasado. Se acercó hacia mí cauteloso, como dudando que en cualquier momento fuera a salir corriendo.
-Belén tiene razón –intervino Julia-. Esto está lleno de sangre, debes de tener alguna herida y podría ser grave.
-Estoy bien, de verdad –insistió él, parándose entre ambas-. Seguro que solo es un rasguño, pero si queréis luego iré a urgencias. De todas maneras, no es necesario llamar a ninguna ambulancia.
Entonces comenzó a sonar una música que rompió la atmósfera tensa que reinaba entre los tres. Julia sacó el móvil del bolsillo del pantalón.
-Vale papá. En un minuto estoy allí –colgó y volvió a guardar el teléfono-. Mi padre está aquí, había olvidado que venía a buscarme porque tenemos una cena familiar…
Se quedó mirándonos, evaluando si debía quedarse o si, a pesar de que su amigo se hubiera caído desde una altura como para matarse, y de que su mejor amiga pareciera estar en estado de shock, podía marcharse.
-Vete –dijo Marcos, poniendo la mejor de sus sonrisas-. Cuidaré de ella.
Julia asintió, al parecer de acuerdo con que la que necesitaba atención especial era yo, y no Marcos. Se puso de pie de un salto y echó a correr. En cuanto se perdió de vista, él se giró hacia mí y puso una mano a cada lado de mi cara, obligándome a que lo mirara a los ojos, aquellos ojos marrones…
Y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba temblando como una hoja, a pesar de que no hacía ni pizca de frío.
-Belén… -susurró Marcos, con cara de preocupación- Sé que lo que has visto es… No puedo explicar… Ojalá pudiera, de verdad, pero no puedo. Simplemente no puedo. Ojalá pudieras entenderlo, pero solo necesito que no digas nada, aunque no comprendas nada, por favor…
Y me estrechó entre sus brazos y me apretó fuerte contra su pecho. Enterré la cabeza en su hombro y me eché a llorar, porque él no sabía hasta qué punto lo entendía.

viernes, 30 de marzo de 2012

Capítulo 2.1


   Me despertó el frío. Era noche cerrada y estaba tumbada sobre el helado suelo que había justo en frente del portal de mi casa. Lo siguiente que noté fue un dolor muy agudo en cada centímetro de mi cuerpo, como si de un millón de agujas se tratara, y solté un gemido, ya que estaba demasiado débil como para gritar.
Me quedé ahí, tirada sobre el cemento durante lo que me parecieron horas, compadeciéndome de mí misma, hasta que, finalmente, saqué fuerzas de flaqueza y comencé a levantarme poco a poco. Tuve que apoyarme en la puerta de entrada al edificio, ya que estaba mareada y todo me daba vueltas.
En lo que creo que fue otra media hora, conseguí llegar hasta el ascensor, cayéndome y levantándome varias veces antes de lograr mi objetivo. Cuando estuve frente a la puerta de mi casa, toqué el timbre y me senté sobre el felpudo.
Escuché unos pasos que se acercaban corriendo y cómo abrían la puerta rápidamente. Miré con dificultad hacia arriba y vi a Lucas con gesto de preocupación.
-¡Belén! ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde has estado? ¡Son las doce de la noche, y no has contestado a ninguna llamada! –al ver que tenía la mirada desenfocada y que prácticamente no podía prestarle atención, se agachó junto a mí y me sostuvo con cierta ansiedad- ¿Qué te pasa Belén? ¿Alguien te ha hecho algo?
-No –corté con voz ronca-. Me mareé y me encuentro fatal, pero, gracias a Dios, nadie me ha hecho nada, no te preocupes. Ahora si no te importa, ayúdame a ir a mi habitación, cariño.
Anteponiendo la preocupación a la curiosidad, se agachó junto a mí y puso mi brazo alrededor de su hombro. Me cogió por detrás de las rodillas y me levantó en vilo. ¿Cuándo se había vuelto mi hermano tan fuerte? Tendría que preguntárselo pronto… Tan fuerte…
Y, entre pensamientos incoherentes y mientras Lucas me dejaba sobre la cama, volví a quedarme inconsciente.

Me dolía todo el cuerpo más de lo que me había dolido nunca. Sentía como martillos golpeando desde dentro cada fibra de mi ser. Entreabrí los ojos y los cerré al instante, ya que la luz era la más brillante que había visto jamás.
-¿Qué le pasa, doctor? –escuché a mi lado la voz de mi madre.
-Hasta que no se despierte no podemos hacer nada. Pero se ha negado a ir al hospital, usted misma lo ha comprobado. –contestó una voz masculina.
Giré la cabeza, dispuesta a intervenir pero, al abrir los ojos, vi que estaba sola en mi habitación.
“¿Estaré volviéndome loca?”
-Sí, por supuesto, venga por aquí –respondió mi madre a aquel hombre.
Escuché pasos que se acercaban, pero ya estaban muy cerca, ya tendrían que estar dentro. Pero no. Entonces, se abrió la puerta con gran estruendo y entraron mi madre y el médico.
-Así lleva cuatro días, que viene y se va, retorciéndose de dolor pero negándose a ir a que la miren en ningún centro –sollozó mi madre.
-Bien, intentemos tomarle alguna muestra de sangre –dijo él tranquilamente mientras se acercaba.
-Tan… alto… -mascullé.
No me salía la voz, pero lo poco que llegué a escucharme, me sonó distinta, más aguda, más… bonita.
-¿Qué dices, joven? –inquirió justo junto a mí.
Su voz sonaba para mí como si me estuviera gritando en la oreja y me hice un ovillo, tapándome los oídos con las manos.
-No habléis… tan alto.
-¿Por qué, cariño?
Chillé, porque el dolor de cabeza que me producían sus gritos comenzó a ser insoportable. Y el esfuerzo de chillar hizo que volviera a cerrar los ojos y caer inerte sobre la cama.

Abrí los ojos. Era de día y ya no me dolía nada. Al contrario, me sentía mejor que nunca. Comencé a levantarme y, de pronto, ya estaba junto a la puerta. ¿Qué acababa de pasar? No podía ser que me hubiera movido tan rápido…
Di un paso para volver hacia la cama y, al instante, estaba tumbada sobre ella.
-Dios mío –murmuré.
Entonces recordé lo que aquel hombre de rostro borroso había dicho: “Se conoce que el potencial humano no está mínimamente aprovechado…”
-No puede ser.
¿Qué me estaba pasando? Era capaz de escuchar conversaciones entre susurros en otras habitaciones, ver hasta el más mínimo detalle de cada objeto a metros de distancia y moverme a tal velocidad hasta el punto de ni siquiera ser consciente de que me había movido.
Inspiré hondo y me incorporé lentamente. Al menos, si lo intentaba, era capaz de actuar con normalidad. Me levanté y comencé a caminar lentamente de puntillas, midiendo mis pasos al milímetro.
Justo entonces, comenzó  a sonar mi móvil. Miré a mi mochila, localizando perfectamente el lugar del que procedía la melodía. En un segundo, lo tenía junto a mi oreja.
-¿Sí? –inquirí.
-¡Por fin! ¿Qué tal estás? ¿Qué te ha pasado?
Alejé el teléfono, ya que los gritos de Julia parecían ir a perforarme el oído.
-Tranquila, no grites. Estoy bien, ¿tú? ¿No se supone que deberías estar en clase?
-Sí, bueno, es que me he escapado un momento para poder hablar contigo.
Suspiré, tentada de contarle todo lo que me había ocurrido, pero la amenaza de muerte pesó más que eso. Me mordí la lengua y pensé a toda velocidad la excusa que podría inventarme.
-Muchas gracias –murmuré, sintiéndome terriblemente culpable-. La verdad es que ya me encuentro muy bien, mejor que nunca, de hecho.
-Pero, ¿qué te ha pasado?
Cerré los ojos y comencé a juguetear con mi pelo. Necesitaba inventarme una buena historia para satisfacer tanto a Julia como a mi madre. Y, de pronto, me acordé de Jaime, ¿qué iba a hacer con él? ¿Mentirle? Me veía incapaz de hacerlo. Pero tenía que hacerlo.
-¿Sabes qué? Voy para allá y te cuento todo, ¿vale?
Y colgué sin darle tiempo a contestar. Necesitaba pensar en lo que iba a hacer. Sobre todo en lo que le iba a decir a Jaime. No podía salir con él y no contarle que había empezado a ser una especie de súper-mujer, ¿o sí? Si iba a tener que mentir a todo el mundo que me importaba, Jaime no iba a ser una excepción, desgraciadamente.
Tendría que empezar a vivir con que mi vida había dejado de ser tan perfecta como solía.

Llegué al patio diez minutos antes de que tocara el timbre que anunciaba el final de las clases. Ya había decidido qué era lo que iba a contarle a todos acerca de mi “enfermedad” y de por qué me había negado a ir al hospital.
Entonces, vi bajar por las escaleras a Marcos, el cual parecía bastante enfadado. Levantó la mirada y se topó con la mía, esbozando una media sonrisa al verme.
-¿Haciendo pellas? –preguntó.
Resoplé y me crucé de brazos mientras se quedaba a unos pocos pasos de distancia de mí.
-He estado enferma.
-Se te ve fatal –rió, irónicamente.
Era cierto. Tenía más aspecto de haber pasado una semana en un balneario que enferma en la cama. Pero, de todas maneras, mi historia respondía a eso.
-He tenido migrañas. ¿Sabes lo que es? Un dolor de cabeza horrible que no te deja pensar –había elegido esa excusa porque, en parte, era cierto.
Levantó una ceja y, tras observarme de una manera extraña, negó con la cabeza al tiempo que se reía.
-Está bien, no hace falta que te pongas así. Pero, ya que estamos, quería decirte una cosa.
Esta vez fui yo la que arqueó las cejas, sorprendida.
-¿A mí?
-Sí, bueno, no veo a nadie más por aquí –volvió a reír, mostrando su dentadura perfecta.
Me quedé mirándolo, notando en él algo diferente. Parecía como si, de pronto, hubiera crecido unos cuantos centímetros y fuera unos años más mayor. Su pelo negro estaba tan despeinado como siempre, y su rostro seguía con aquella expresión descarada, pero había algo en él que lo hacía incluso más atractivo.
Él parecía estar haciendo el mismo análisis conmigo.
-¿Y bien? –inquirí, cruzándome de brazos.
Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones negros y se encogió de hombros.
-Bueno, lo cierto es que quería disculparme –no pude evitar quedarme boquiabierta-. Sé que te sonará raro, sobre todo viniendo de mí,… Pero creo, sinceramente, que la expresión “empezar con mal pie” se nos aplica a la perfección, Belén. La verdad es que no soy tan idiota como te he dado a entender estos días, y te pido perdón. ¿Te importaría que volviéramos a empezar de cero e intentar ser amigos?
-Eh… sí, claro –conseguí balbucear, atónita por lo que me había dicho-. Sin rencores, solo espero que de verdad no seas así de idiota, porque de verdad que no lo soporto.
-Muchas gracias, no te arrepentirás.
Y, tras guiñarme el ojo, se marchó por donde había venido.
Permanecí quieta donde estaba, con la boca abierta, mirando el sitio por el que acababa de desaparecer, sin llegar a entender muy bien lo que acababa de suceder.
Parecía que, después de todo, Marcos no era tan mal chico como había dado a entender a todo el mundo, aunque tuve que dejar esos pensamientos para después, porque ahora era Jaime el que estaba bajando por las escaleras.
Iba con Álvaro, su mejor amigo, pero al verme murmuró una excusa rápida y bajó corriendo el tramo que le quedaba hasta estrecharme entre sus brazos.
Enterré la cabeza en su hombro, sintiendo unas terribles ganas de llorar por todo lo que me había pasado, y por lo que intuía que quedaba por pasar.
Demasiado pronto para mi gusto, se separó de mí, aunque solo lo suficiente para poder mirarme a la cara.
-¿Cómo estás?
Su cara de preocupación casi me hizo reír. En aquellos momentos me recordaba al niño de ocho años afectado porque a su mejor amiga la habían castigado por su culpa, y no hacía más que dejarle notitas en la cajonera para que lo perdonara. Pero había pasado mucho tiempo desde aquello, y ahora sus preocupaciones serían por otra cosa.
-Bien, tranquilo –le cogí de la mano, llevándomelo a un sitio más aparatado-. Tenemos que hablar.
-¿Pasa algo?
Cerré los ojos, convenciéndome a mí misma de que aquello era lo más correcto. Aunque para ello tuviera que decir la mentira más grande que jamás hubiera dicho, era lo mejor.
-Verás, Jaime. Tú y yo nos conocemos desde pequeños, somos prácticamente hermanos, y no querría que por salir unos pocos meses, una amistad de toda la vida se rompiera.
-¿Estás… rompiendo conmigo?
-Sí, Jaime. Lo cierto es que, lo he estado pensando, y creo que en realidad somos más amigos que cualquier otra cosa. Y lo último que querría perder en estos momentos es tu amistad.
Vi reflejado en su cara todo el daño que mis palabras le estaban haciendo, pero mordí la lengua para no decirle lo mucho que en verdad lo quería, más que como a un simple amigo.
-Ya veo,… Pues, si es tu decisión, la respeto. No te preocupes, todo seguirá como siempre.
-Lo siento muchísimo.
-Más lo siento yo, Belén.
Y, con una última sonrisa triste, se marchó, dejándome sola en medio del patio.
Fue cuestión de segundos que notara las lágrimas luchando por salir, pero justo entonces alguien me dio un fuerte abrazo por detrás.
-¡Por fin!
Me di la vuelta y, al ver mi cara, Julia se dio cuenta de que yo no estaba para nada tan feliz como ella.
-¿Qué ha pasado?
-He roto con Jaime.
Y, mientras me abrazaba, me eché a llorar.

martes, 7 de febrero de 2012

Capítulo 1.5


   Aquella tarde, ya en casa, no tenía nada que hacer. En principio, iba a salir a con Julia a correr, como cada martes, pero en el camino de vuelta me había confesado que se lo había propuesto a Marcos y este había aceptado. Así que me negué en redondo a ir.
   Y aquí estaba ahora, completamente aburrida. Di una vuelta en la silla giratoria de mi cuarto, pensando qué podría hacer. Lo cierto es que me apetecía bastante dar una vuelta, hacer ejercicio. ¿Por qué no?, pensé. Podía salir perfectamente yo sola.
   Así que me dirigí al armario y me puse el chándal y las zapatillas de atletismo. Cogí el móvil, las llaves y el reproductor de música y lo metí todo en el bolsillo de mi sudadera azul.
   Salí de casa y, en el ascensor, me crucé con mi hermano Lucas.
   -¿A dónde vas? –me preguntó.
   -Voy a correr un rato. Diles a papá y mamá que no llegaré tarde, ¿vale?
   -Tranquila.
   Sonreí y le di un beso en la mejilla.
   Una vez fuera, me puse los cascos y encendí la música a todo volumen. Comencé a correr sin rumbo fijo, marcándome un ritmo bastante rápido.
   Sentí curiosidad por saber cómo le habría ido a Julia en su primera tarde a solas con Marcos y saqué el móvil para teclear rápidamente un mensaje. Esperé de verdad que se lo hubiera pasado bien. Quizá debiera intentar darle una oportunidad, aunque solo fuera por complacer un poco Julia. Si a ella le caía tan bien, ¿por qué a mí no? A lo mejor me estaba pasando un poco con él.
   Sentí el teléfono vibrar y leí rápidamente la contestación de Julia: “De maravilla, me está acompañando a casa y luego se va él corriendo a la suya. Qué atento… ¡y deportista! Vive bastante lejos. No te enfades por haberlo invitado, anda. Te quiero.”
   No pude evitar reírme al pensar en lo feliz que estaría Julia y en la cara que habría puesto cuando Marcos se había ofrecido a dejarla en el portal, como en las películas románticas que ella y yo veíamos algunos domingos.
    Fui a contestarle, pero me di cuenta de que tenía el cordón de la zapatilla desatado, así que me paré y me agaché para atarlo.
   De pronto, vi por el rabillo del ojo unos pies que se pararon a escasos metros de mí y me giré para ver a un hombre alto, todo vestido de negro, que me miraba fijamente.
   Me levanté despacio, aún observándole, y su mirada subió conmigo. Comencé a asustarme, ya que aquella no era una vía muy transitada y ya estaba oscureciendo. Retrocedí de espaldas lentamente y aquel hombre avanzó conmigo. Empecé a avanzar más y más rápido, hasta que finalmente me di la vuelta y eché a correr.
   Mi corazón latía desbocado por el miedo y la velocidad de la carrera. Pensé en cómo llegar a algún lugar en el que hubiera más gente, pero ninguna de las zonas de alrededor era demasiado popular, menos un día de diario por la tarde.
  Pero corrí. Corrí sin cesar, sintiendo a aquel hombre persiguiéndome, ganando terreno demasiado deprisa. Sentí el pinchazo del flato agudizándose en mis costillas, haciéndose insufrible, pero no podía parar. No sabía lo que aquel extraño quería hacerme, pero nada bueno, eso seguro.
   Mi mente trabajaba a toda velocidad, buscando posibles vías de escape. Vi una esquina aproximarse y vi en ella una posibilidad de despistarlo, si conseguía cogerle un poco más de ventaja… Aceleré el ritmo, nunca había corrido tan rápido.
   Alcancé la esquina y volví la vista para ver a qué distancia estaba mi perseguidor, pero antes de que alcanzara a verlo, choqué con otra persona que me agarró firmemente, haciéndome daño en los brazos. Cuando aún no le había visto la cara, me pusieron un paño húmedo sobre la nariz y la boca y, poco a poco, se me nubló la visión hasta que caí desmayada sobre mi secuestrador.

   Todo estaba negro. La oscuridad más absoluta reinaba a mi alrededor. Estaba tumbada boca arriba sobre algo muy incómodo. Noté una correa alrededor de mis muñecas y tobillos e intenté zafarme. Tiré con todas mis fuerzas, que en aquellos momentos no eran muchas, me revolví e hice todo cuanto pude, pero aquellos trozos de cuero ni siquiera se dieron de sí.
   Grité con todas mis fuerzas, pataleé e intenté escapar hasta que no me quedaron más fuerzas.
   Habían pasado lo que no supe si fueron diez minutos o dos horas, cuando alguien entró y encendió la luz.
   Entrecerré los ojos hasta que me acostumbré a la claridad de nuevo. Fue entonces cuando me di cuenta de que veía todo completamente borroso: no era capaz de distinguir nada más allá del contorno de las cosas.
   Escuché pasos acercándose y me incorporé, para ver a dos manchas borrosas arrastrando algo inerte a lo largo de la enorme habitación circular, con montones de aparatos tecnológicos repartidos a lo largo de la sala.
   Intenté distinguir los rostros de aquellos hombres cuando se acercaron a mí, pero el velo que cubría mi visión me lo impidió. Esos extraños, dejaron a aquel “algo inerte” que arrastraban sobre lo que me pareció otra camilla situada junto a la mía. Lo que dejaron era otra persona, por lo que llegué a divisar, un chico.
    Volví a sumirme en la inconsciencia

   De nuevo, en un intervalo de tiempo desconocido, me desperté. Bueno, en realidad me despertaron los gritos que procedían de la camilla de al lado. Me giré, pero las luces volvían a estar apagadas, así que tuve que conformarme con los sonidos que provocaba el forcejeo.
   Entonces, volvió a abrirse la puerta y se encendieron las luces. Maldije por lo bajo, pues mi visión seguía siendo borrosa.
   -Creo que ya podemos –dijo uno de los dos hombres que habían entrado.
   -De acuerdo, ve a prepararlo –contestó el otro.
   Y el que había hablado primero, abandonó la sala.
   -Tengo entendido que me escucháis, así que, por vuestro bien, prestad mucha atención –el chico de al lado paró de moverse-. Bien hecho.
   -¿Qué vais a hacernos? –dijo.
   -Formáis parte de un experimento realizado con la especie humano. Desde hace años se conoce que el potencial humano no está mínimamente aprovechado y se ha estado investigando en ello. ¿Cómo conseguir el pleno uso del cerebro y el físico? Porque, como bien sabréis, no usamos sino, aproximadamente, un cuarenta por ciento de nuestra capacidad cerebral… Pues bien, hemos hallado la manera, pero para comprobarlo necesitamos personas, y habéis sido elegidos.
   -¿Por qué nosotros? –conseguí decir. Notaba la boca pastosa y me costaba pronunciar.
   A nuestro interlocutor pareció gustarle la pregunta.
   -Evidentemente, se ha realizado un estudio previo, pues no podíamos escoger a alguien con escasas facultades… Y vosotros sois lo más perfecto que hemos encontrado: poseéis cuerpos atléticos y mentes inteligentes, más que la mayoría.
    En aquel momento entró en la sala otra persona, supuse que el que se había marchado antes. Venía con un maletín de tamaño considerable, que puso sobre una mesa entre ambas camillas.
   Mientras el hombre sacaba lo que parecían unas enormes jeringuillas con un líquido verde fosforito dentro, su compañero empezó a hablar de nuevo.
   -Os vamos a dormir de nuevo y os despertaréis en vuestras respectivas casas. Pero antes de eso, solamente una advertencia. Sois, por así decirlo, un proyecto de alto secreto y, por eso, os mantendremos vigilados, para analizar vuestra evolución… y asegurarnos de que no le contáis absolutamente nada de esto a nadie. Con esto, quiero deciros que tan fácil nos ha sido mantener este enorme experimento en secreto, como lo sería fingir dos muertes, supuestamente accidentales, ¿me entendéis?
   Me estremecí, y fui a contestarle algo, cuando un grito hizo que las palabras se congelaran en mis labios. Me giré, y vi que el hombre de la jeringuilla estaba inyectándole aquel líquido verde al otro chico, el cual había proferido ese espeluznante grito.
    Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando. Temblaba violentamente cuando alguien me puso de nuevo un pañuelo sobre la boca, que fue adormeciéndome poco a poco.
   Pero, antes de que estuviera del todo inconsciente, noté un pinchazo horrible en el antebrazo. No pude evitar gritar mientras me quedaba dormida. Y, mientras se me cerraban los ojos, me pregunté si aquello sería un sueño, o más bien una pesadilla.
   En el caso de que no lo fuera, me pregunté qué iba a ser de mí.

martes, 17 de enero de 2012

Capítulo 1.4


   A la mañana siguiente, estaba lista antes de la hora. Para sorpresa de Julia, cuando entró en el portal de mi casa, yo ya estaba esperándola.
   -Madre mía, debería haber intentado juntaros hace mucho, me habría ahorrado largas horas de espera –comentó riendo mientras caminábamos.
   Sonreí, no queriendo volver a describir lo maravilloso que era Jaime durante dos horas, como había hecho la tarde anterior. Como una buena mejor amiga, ella se había alegrado como si, en vez de pasarme a mí, le hubiera pasado a ella.
   Caminamos, para variar, hablando de Marcos, el chico nuevo. Julia no era capaz de hablar de otra cosa. Le conté lo sucedido con él la tarde anterior, la discusión que tuvimos.
   -¿Y no me lo contaste ayer cuando me llamaste? –preguntó, ofendida.
   -Lo cierto es que se me olvidó por completo.
   Julia resopló y puso los ojos en blanco.
   -No creo que a mí llegara a olvidárseme jamás ningún piropo salido de esos labios… -de pronto, su cara se iluminó y me agarró del brazo, emocionada- ¿En serio te dijo que yo le parecía muy simpática?
   Reí y volví a contarle con todo lujo de detalles la parte de la conversación referida a eso. Caminamos elaborando teorías de lo que podrían significar aquellas palabras, y de las posibilidades que tendría mi amiga de que Marcos le dijera que sí en caso de que lo invitara a dar una vuelta aquel viernes.
   -Pero… tendrías que venir tú también, ¿eh? –me miró, suplicante.
   -¿Yo? ¿Para qué? ¡Ni hablar! Suficiente tengo con verlo en clase todos los días.
   -Por favor, te lo suplico… ¡Imagínate que no sé qué tema sacar! Es que si la primera tarde quedamos solos, podría ser un desastre y que no quisiera volver a salir conmigo. Con más gente es menos… violento. Te podrías traer a Jaime.
   Pensé en la reacción de Jaime cuando lo invitara a un plan en el que estaba Marcos, un chico al que ninguno de los dos soportábamos.
   -Si consigues convencerlo, entonces vale.
   -¡Gracias!
   Ya iba a decir que dudaba mucho que lograra que Jaime aceptara semejante proposición, pero me mordí la lengua, no queriendo arruinar la felicidad de Julia: caminaba dando saltos de alegría, prácticamente.
    Llegamos al patio, y nos sentamos en nuestro sitio habitual. No tardamos en localizar a Marcos, justo en frente de nosotras, al otro lado del patio, sentado en el suelo junto a su mejor amigo, Rafa.
   Al parecer, Rafa y él eran como Jaime y yo, casi primos. Habían ido siempre a la misma escuela y, por motivos desconocidos, el año pasado Rafa se cambió a nuestro colegio, dejando a su amigo del alma atrás. Pero, tras no conseguir que su madre lo dejara cambiarse al mismo colegio, Marcos había logrado que lo expulsaran del otro y así poder venir a este.
   Quizá hacía falta más que esfuerzo para conseguir entablar una buena relación de amistad con Marcos, pero estaba claro que, una vez lo hacías, sabía ser amigo de sus amigos.
   -¿Has visto a Jaime? –inquirí recorriendo el patio con la mirada.
   Negó con la cabeza, mientras seguía observando a Marcos sin disimulo alguno. Mientras tanto, yo volví la cabeza a mi móvil y le mandé un mensaje a  Jaime.
   “¿Dónde estás? Yo estoy donde siempre. He llegado pronto tal y como te dije, pero tú no, ¿eh? ¡Ya te vale! Date prisa, te estoy esperando…”
   En menos de treinta segundos, sentí el teléfono vibrar en mis manos y la pantalla iluminarse, anunciando una respuesta.
   “Yo también estaba aquí pronto, pero he tenido que volver porque me había dejado una cosa. Estoy ya en la entrada, ¡espérame un poco más!”
   Sonreí, preguntándome qué sería eso tan importante que había provocado que se volviera a su casa solamente para cogerlo. Bien era cierto que su casa estaba a cinco minutos andando desde allí, pero, conociendo su puntualidad, era un hecho bastante llamativo.
   Precisamente en aquel momento, vi cómo bajaba las escaleras que daban al patio, y me levanté para ir en su busca. No tardó en verme, y la sonrisa que se dibujó en su cara hizo que aquellos minutos de espera hubieran merecido la pena.
   Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, me abrazó y me dio un suave beso.
   -¿Qué es eso tan increíble que ha conseguido que llegues tarde, algo que yo no he conseguido en toda la vida?
   -Una sorpresa. Ven, que te la enseño.
   Fuimos de vuelta hacia donde habíamos dejado las mochilas. Julia ya no estaba ahí. Se me ocurrió que quizá estaría con Marcos y miré para comprobarlo. Efectivamente, estaba sentada a su derecha charlando animadamente con él. Mi mirada se posó casualmente en Marcos, que resultó que me estaba mirando con una expresión extraña, pero desde tan lejos no fui capaz de descifrar su significado; parecía una mezcla entre decepción y diversión.
   Me encogí de hombros y volví mi atención a Jaime, que estaba sacando una carpeta pequeña pero muy abultada de su mochila. Quitó las gomas que la cerraban y la abrió. Dentro había varios montones de fotos, separados entre sí por papeles. No tardé en reconocerlas.
   -Son tus regalos de cumpleaños… -murmuré, cogiendo el primer montón.
   Cada año, desde que había aprendido lo que era una foto, le había hecho el mismo regalo de cumpleaños a Jaime: imprimía varias imágenes en las que salía junto a él y por detrás escribía algún comentario, una frase, una anécdota,…
   -Desde que empezaste a hacerlo –sonrió él-. Creo que fue cuando cumplí cinco años, que a ti te habían regalado una cámara por Navidad y te la llevabas a todas partes.
   -Sí, yo también me acuerdo.
   En la primera foto aparecíamos él y yo a la edad de cuatro años, sentados en un banco comiendo dos enormes helados. Aquella era una de mis favoritas. Formaba parte del regalo que le hice el año anterior, de eso estaba segura.
   -Menos mal que has vuelto a buscarlo –comenté mirando las siguientes-. Así hoy no me aburriré tanto en clase.
   Las guardé y metí la carpeta en la mochila, dispuesta a reservarlas para todas las horas que tendría que estar sentada delante del pupitre, sin otra cosa que hacer que verlas… o atender, claro.
   Comenzamos a hablar y al poco rato sonó el timbre que indicaba el comienzo de la jornada. Fuimos a las escaleras y busqué a Julia para subir juntas como siempre, pero no había ni rastro de ella. Seguirá con Marcos, pensé. Y entonces me vino a la cabeza la mirada que le había pillado echándome y me pregunté cómo mi mejor amiga era capaz de soportarlo. Y así, sin quererlo, pero por segunda vez consecutiva, empecé el día pensando en Marcos y sus ojos marrones.

martes, 10 de enero de 2012

Capítulo 1.3

   A la salida de clase, estaba esperando pacientemente a que bajara Jaime para irnos juntos a casa. Julia ya se había marchado porque tenía médico y su madre se la llevaba en coche.
   Tecleaba rápidamente en mi móvil cuando alguien pasó a mi lado y me susurró en el oído:
   -¿Nadie te ha dicho nunca lo guapa que eres?
   Me giré rápidamente, roja como un tomate, sabiendo de antemano que el que me había hablado no era Jaime, el único del que habría querido escuchar semejantes palabras. Me topé con unos ojos marrones que me miraban divertidos, y una sonrisa descarada a tan solo unos cuantos centímetros de mí.
   Sentí cómo se me había acelerado el corazón por el susto, o al menos eso me dije. Conseguí tranquilizarme y lo miré desafiante.
   -¿Y a ti nadie te ha dicho nunca que tanta idiotez no es buena?
   Marcos rió despreocupadamente, y me dieron ganas de darle una bofetada. Iba a la misma clase que yo y, en tan solo una semana, había conseguido que no lo soportara. No me molestaba que contestara a los profesores o que no hiciera caso de absolutamente nada de lo que le decían, de hecho, me hacía gracia. Lo que no soportaba era ese detestable aire de superioridad con que trataba a todas las personas con las que lo había visto relacionarse. Curiosamente, la única excepción era Julia, con la que había empezado a llevarse sorprendentemente bien desde aquella mañana, para deleite de mi mejor amiga y envidia del resto del alumnado femenino.
   -Lo cierto es que me lo dicen a menudo.
   -No me extraña –respondí dándome la vuelta y buscando a Jaime con la mirada. Acababa de ver pasar a dos chicos de su clase.
   -No te pareces en nada a tu amiga, ¿eh? Julia y tú sois completamente distintas –comentó Marcos, que se había puesto delante de mí, tapándome la vista de la escalera por la que continuaban bajando más alumnos.
   -¿Y en qué te basas para decir eso? Ni siquiera me conoces –contesté mirándolo de nuevo, exasperada.
   -No sé, ella es muy simpática. Tú, en vez de dieciséis, parece que tienes cuarenta y séis. ¿No te cansas de ser tan seria?
   Lo fulminé con la mirada, empezando a enfadarme de verdad.
   -Para empezar, no tienes ni idea de cómo soy. Y sí, Julia es, para ser exactos, tan simpática que, fíjate por dónde, es mi mejor amiga desde hace siete años. Entiendo que sea la única persona del colegio a la que te dignas a mirar a la cara y a tratar como si no tuviera que besar el suelo en que pisas. Lo que no entiendo es cómo puede soportarte, yo soy incapaz.
   -¿Belén? –escuché la voz de Jaime junto a mí.
   Lo miré y me di cuenta de que estaba muy cerca de Marcos, con las mejillas encendidas y las manos cerradas en puños. Noté la mano de Jaime en mi cintura y cómo me separaba de Marcos, para acercarse él.
   -¿Tienes algún problema con ella?
   -Pues mira, sí: quizá ella no quiera admitirlo, pero está loca por mí –contestó Marcos, divertido, sin apartar la mirada de mí.
   -¡Eres un creído! –exclamé.
   -Anda vámonos, Belén –dijo Jaime, tirándome de la mano.
   Fulminé una última vez con la mirada a Marcos y me fui con el chico por el que realmente estaba loca, sintiendo una mirada clavada en mi espalda hasta que salimos del patio.
   Cuando fui capaz de serenarme, me di cuenta de que Jaime seguía llevándome de la mano. Volvió a acelerárseme el corazón y me sonrojé de nuevo, esta vez por motivos muy distintos. Él iba sumido en sus pensamientos, así que no se dio cuenta de mi reacción, por suerte.
   -Oye, lo que ha dicho antes… -dije, preocupada al ver que tras caminar varios minutos en silencio seguía con el ceño fruncido.
   Pareció que le habían despertado de un sueño, porque se giró y me miró como si acabara de acordarse de que estaba con él, cogida de su mano.
   -No te preocupes –respondió sonriendo-, debe de creer que todas las chicas se tienen que enamorar de él.
   -Bueno, en parte tiene razón –comenté. Jaime me miró con gesto entre desconcertado, enfadado y decepcionado-. Tiene a todo el curso suspirando por sus huesos… excepto a mí, parece –me apresuré a aclarar.
   Jaime sonrió de nuevo y me apretó la mano con cariño.
   Suspiré y pensé que lo cierto era que llevábamos caminando de la mano desde que teníamos seis años, cuando yo había tenido que empezar a andar sin muletas tras una lesión y él me había cogido para darme seguridad. Desde entonces, era una costumbre para nosotros caminar así. No significaba lo mismo con él que con el resto de personas.
   Caminamos charlando animadamente acerca de los respectivos grupos que nos habían tocado a ambos aquel año. A él no le gustaba nada el suyo, estaba separado de Álvaro, su mejor amigo, de Julia… y de mí.
   Llegamos a la puerta de mi casa y me giré para despedirme.
   -¿Puedo subir? Hace mucho que no veo a tu madre ni a tu hermano –inquirió, mirándome intensamente.
   -No hay nadie en casa hasta tarde–contesté sorprendida; estaba casi segura de que lo había comentado en el recreo-. Pero sube igualmente, si quieres.
   -Sí, por favor.
   Subimos en el ascensor en un tenso silencio. ¿Podría sentir él la electricidad que parecía haber entre ambos tan claramente como la sentía yo?
   Llegamos, y abrí la puerta con la llave, tras un par de intentos: me temblaban ligeramente las manos. Entré, con él tras de mí y me giré para pedirle que cerrara la puerta, pero me topé con su mirada, tan cerca que me sorprendí. Cerró la puerta con el pie y me rodeó la cintura con los brazos, acercándome a él. Podía sentir su aliento sobre mi cara, y mi respiración se aceleró mientras él se iba acercando.
   Justo antes de que nuestros labios llegaran a rozarse, susurró:
   -Te quiero, Belén. Llevo años haciéndolo.                                           
   Y me besó. Embriagada por su aroma, le eché los brazos al cuello, apretándolo más contra mí.
   Avanzó por el pasillo, llevándome con él, aún besándome, hasta llegar a mi cuarto. No era la primera vez que había estado ahí. Había pasado aquí, con él, cientos de tardes jugando y riendo, a veces hasta discutiendo, pero nunca jamás como hoy. Me sentí emocionada.
   Me guió hasta la cama, donde nos dejamos caer los dos, entre risas, como tantas otras veces. Me abrazó muy fuerte y hundió la cabeza en mi hombro, suspirando contra mi clavícula.
   De pronto, recordé una cosa y me moví para intentar alcanzar una caja de colores que tenía sobre la mesilla, pero sus fuertes brazos me lo impedían.
   -¿Por favor? –pedí entre más risas.
   El aceptó, aflojando solo un poco, pero fue más que suficiente. Abrí la caja y comencé a sacar montones de papeles doblados, algunos tan antiguos que estaban rotos por las dobleces de tanto abrirlos y volver a cerrarlos.
   -¿Es eso lo que creo que es? –inquirió, incorporándose y pasándome un brazo por los hombros.
   -Sí.
   Abrí uno de los papeles que había dejado sobre mi regazo y leí.
   -“Querida Belén: feliz San Valentín. ¿Quieres ser mi novia?” Novia con “B”, ¿eh? –comencé a reírme.
   -Madre mía… ¡son las notitas que nos pasábamos en clase! Pero ¿cuántas tienes? Si hemos ido juntos toda la Primaria y primero de la ESO. ¿Las has guardado todas?
   -Sí, y las cartas de disculpa y felicitación también, ¡hasta las escritas con tinta invisible!
   Me apretó contra sí y me besó en la frente. Acto seguido tomó otra notita de mi regazo. Estaba quemada por algunos sitios y la letra era de un extraño color marrón.
   -Mira –susurró-, es una de las que te escribí con tinta de limón en quinto, cuando estuvimos saliendo una semana, ¿te acuerdas?
   -¿Cómo no me iba a acordar? Aquella semana ambos acabamos con todos los limones de nuestras casas. Recuerdo que le dábamos las cartas a nuestras madres para pasárnoslas, y como no queríamos que se enteraran de que estábamos saliendo decidimos escribirlas así.
   -Y hoy, seis años después, volvemos a salir. Espero que esta vez dure más de una semana.
   Se acercó de nuevo a mí para volver a besarme. Me tomó la cara entre las manos y me apartó el pelo de la frente. Justo cuando sus labios comenzaban a bajar por mi mandíbula y sus manos por mi espalda, se escuchó el sonido de la puerta principal al cerrarse. Me incorporé, sobresaltada y Jaime hundió la cabeza entre los cojines, soltando un gruñido.
   -¿Hola? –escuché la voz de mi hermano mientras iba hacia su habitación.- ¿Hay alguien?
   -Mierda, mi hermano. Se me olvidó que a lo mejor se suspendía el ensayo con el grupo porque el local está en obras –expliqué- ¡Hola Lucas!
   Salí de mi habitación colocándome el pelo con la mano, y, desgraciadamente, Jaime sintió la necesidad de salir detrás de mí.
   -Hola Belén –saludó. Luego, reparó en Jaime, y en su expresión molesta- Hola Jaime, ¿todo bien?
   -Todo perfecto –contestó él, sonriendo.
   -Jaime ya se iba, ha venido a por unos libros que me dejó hace tiempo –dije apresuradamente.
   -Ah, sí, voy dentro a cogerlos –dijo Jaime, siguiéndome el juego. Supuse que cogería cualquier libro.
   Cuando entró en la habitación, Lucas levantó una ceja y yo me sonrojé, confirmando sus sospechas. Comenzó a reírse y yo le di un puñetazo amistoso en el hombro a la vez que decía:
   -Oh, ¡cállate!
   Un instante después salía Jaime con una novela histórica que realmente me había dejado hacía ya tres años. Lo acompañé hasta el ascensor y cuando este llegó, me dio un beso de despedida antes de decir:
   -Mañana por la mañana vengo a buscarte, ¿vale?
   -Es que voy con Julia –dije, un poco dubitativa.
   -Ah, bueno, no te preocupes, nos vemos en el colegio. Llega pronto, ¿eh?
   Y cerró la puerta, dándole al botón de la planta baja. Me quedé mirando el lugar por el que acababa de marcharse unos instantes, hasta que entré corriendo en casa y cogí el teléfono, tecleando rápidamente el número de Julia.

sábado, 7 de enero de 2012

Capitulo 1.2

-En serio, no me creo aún que ese sea un alumno como tú y como yo. Y que encima vaya a nuestra clase, tampoco. –comentó Julia. Estábamos en el patio, bajo el porche donde dejábamos las mochilas, esperando a que sonara el timbre para iniciar una aburrida jornada.
   Habíamos llegado hacía cinco minutos, y en ese corto período de tiempo, Julia no había parado de buscar con la mirada, sin ningún disimulo, a la novedad de aquel curso. Hasta que no lo encontró no se quedó tranquila.
   Sabía que me estaba hablando sobre él, porque en toda la semana anterior había sido el único tema de conversación que había sido capaz de sacar: Marcos, el chico nuevo con apariencia de modelo y aires de persona importante. Este era el motivo por el que todas las chicas de la ESO, e incluso de Bachillerato, anduvieran tras él, suspirando cada vez que su mirada se topaba casualmente con la de alguna de ellas.
   -No es como tú y como y yo. Es un creído y un guarro –respondí sin siquiera levantar la mirada de mi teléfono.
   Al parecer, yo era la única con un poco de sentido común, la única que parecía darse cuenta de que uno de los principales motivos de ser guapo es creérselo… Y él andaba como si la Tierra girase a su alrededor en vez del Sol.
   -Tiene motivos para creérselo –concluyó Julia, mirándole descaradamente.
   Me digné a levantar la vista para echarle un vistazo. Llevaba el pelo negro corto despeinado, al menos aquella mañana. Desde luego se vestía bien, y hacía falta tener realmente buen gusto para que yo lo admitiera. Solía llevar pantalones ajustados con camisetas anchas, todo ello de marca. Fumaba, pero al parecer no le podían las adicciones y lo mismo se tiraba sin cigarros una semana. Sus ojos castaños a veces eran ocultados tras unas gafas de aviador negras, que combinaban perfectamente con su piel morena.
   -Puede, pero eso no le da derecho a comportarse como se comporta –repliqué volviendo de nuevo la vista a mi móvil-. Además, los prefiero como…
   -¿Cómo quién? –susurró una voz en mi oído.
   Me giré bruscamente, y mi corazón comenzó a latir desenfrenadamente cuando vi que Jaime estaba a pocos centímetros de mí. Sus ojos azules me miraban intensos y su sonrisa perfecta estaba dibujada sobre un rostro igualmente hermoso.
   -Como George Clooney, campeón –mentí dándole una palmadita en el hombro. Iba a decir “Como Jaime”, pero fui lo suficientemente rápida como para no quedar en evidencia.
    Le revolví el pelo negro con la mano a modo de saludo. Me giré de nuevo hacia el teléfono para apagarlo, ya que con el que había estado hablando ahora estaba a mi lado.
   -¿Pero tú sabes cuántos años tiene? ¿Y lo lejos que vive? Deberías buscar a alguien más cerca… -continuó el.
   Iba a contestar a su indirecta, pero justamente Julia escogió aquel momento para levantarse diciendo:
   -Este hombre me puede. Me voy a hablar con él.
   Y se marchó con paso decidido hacia el chico nuevo, dejándonos solos a Jaime y a mí. Lo miré a la cara, mientras él observaba a Julia acercarse con el desparpajo que la caracterizaba a Marcos.
   Conocía a Jaime desde que ambos éramos apenas unos bebés. Nuestras madres se conocían desde niñas, y nosotros llevábamos siendo amigos toda la vida. Mi madre lo trataba como a su sobrino favorito, pero, gracias a Dios, no era mi primo. Dudaba mucho que se pudiera pensar en un primo de la manera en que pensaba yo en Jaime.
   -¿Quién es esta vez? –inquirió él, devolviéndome a la realidad.
   -Marcos –respondí, lacónica.
   -Me saca de quicio ese tío, en serio. No puedo con él.
   Observamos cómo Julia hablaba animadamente con él y cómo, de pronto, me señalaba. Marcos giró la cabeza con aire de superioridad para mirarme. Me observó fijamente apenas unos segundos. Por un momento me dio la sensación de que ponía cara de sorpresa, pero sonrió y se dio la vuelta de nuevo, así que, mientras me disponía a ir a clase junto a Jaime, decidí que lo habría imaginado.